Trump ha admitido públicamente que llamó a Infantino, el presidente de la FIFA, para pedirle que revisaran la tarjeta roja de Balogun, el delantero estrella de EEUU. Y la FIFA… se la ha quitado.
O sea, el presidente de un país anfitrión llama al jefe del fútbol mundial para que le anulen una sanción a su jugador estrella antes de los octavos de final. Y funciona. En 2026. En el mayor torneo del mundo.
Lo más surrealista es que Trump lo ha dicho él mismo sin ningún pudor: "Lo único que hice fue pedirles que revisaran la jugada". Como si fuera lo más normal del mundo.
Bélgica está que echa humo, la UEFA ha dicho que "se ha cruzado una línea roja" y medio mundo futbolístico está flipando. Con razón.
Y encima resulta que Balogun nació en EEUU de casualidad porque sus padres nigerianos estaban de paso y no dejaron volar a la madre por el embarazo. O sea que ni siquiera es americano de toda la vida. Y Trump quería eliminar precisamente ese derecho de ciudadanía por nacimiento. La contradicción es de campeonato.
¿Esto no invalida el Mundial entero? Porque si el país anfitrión puede llamar a la FIFA para cambiar sanciones, ¿qué sentido tiene todo?
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